La comunidad que Dios crea, no la que imaginamos
Muchos de nosotros llegamos a la iglesia con una idea en la cabeza.
Una imagen de cómo debería verse la comunidad cristiana: personas maduras, relaciones fáciles, conversaciones profundas, cero conflictos y mucho amor visible.
Pero no pasa mucho tiempo antes de que la realidad nos confronte.
Personas diferentes. Opiniones opuestas. Heridas. Malentendidos. Procesos largos.
Y entonces surge la frustración:
“Esto no era lo que imaginaba”.
Dietrich Bonhoeffer escribió algo profundamente confrontador:
amar el ideal de comunidad más que a las personas reales termina destruyendo la comunidad.
Pero amar a las personas reales, con todo y sus imperfecciones, es lo que verdaderamente la construye.
El problema no es la comunidad, es la expectativa
Muchas veces el mayor obstáculo para vivir comunidad no son las personas,
sino nuestras expectativas irreales.
Esperamos que todos piensen igual.
Que todos reaccionen igual.
Que todos maduren al mismo ritmo.
Pero Dios no crea comunidades perfectas.
Dios crea familias espirituales, y las familias reales son desordenadas, diversas y profundamente formativas.
La comunidad no se imagina, se recibe
La comunidad cristiana no es un proyecto que diseñamos,
es un regalo que recibimos.
No escogemos a todos los que caminan con nosotros.
No editamos personalidades.
No filtramos historias.
Y ahí está el punto:
Dios usa justamente esa diversidad para formarnos.
La comunidad no existe para cumplir nuestras expectativas,
existe para moldear nuestro carácter.
Amar personas reales cuesta… y transforma
Amar personas reales implica paciencia.
Escuchar cuando no estamos de acuerdo.
Perdonar cuando duele.
Permanecer cuando sería más fácil irnos.
Pero es ahí donde ocurre la verdadera formación espiritual.
No en ideas bonitas sobre comunidad,
sino en decisiones diarias de amar como Cristo ama.
La comunidad no es el lugar donde todos encajan perfecto,
es el lugar donde aprendemos a amar imperfectamente bien.
Para equipos, líderes y creativos
En los equipos creativos y de servicio esto es especialmente importante.
Cuando solo amamos el ideal —el equipo ideal, la cultura ideal, la iglesia ideal—
rápidamente nos frustramos.
Pero cuando aprendemos a amar a las personas que Dios nos confió hoy,
con sus procesos, límites y virtudes,
la comunidad se vuelve un espacio de gracia, no de presión.
La comunidad que Dios crea
La comunidad que Dios crea no es cómoda,
pero es necesaria.
No es perfecta,
pero es profundamente transformadora.
Y quizá el mayor paso de madurez espiritual no es encontrar la comunidad ideal,
sino aprender a amar la comunidad real que Dios ya nos dio.
Ahí, exactamente ahí,
Dios está obrando más de lo que imaginamos.