
“Cuán bueno y delicioso es los hermanos habitar juntos en armonía, porque en este lugar Dios envía bendición y vida eterna.” (Salmo 133:1)
Desde este versículo, se nos recuerda una verdad fundamental: la unidad y la armonía entre nosotros no solo embellecen nuestra convivencia, sino que son el terreno fértil donde Dios derrama sus bendiciones y vida eterna.
Como iglesia, sabemos que en nuestra labor diaria confiamos en la organización y en la logística técnica. Esas son las herramientas humanas que nos ayudan a coordinar actividades, planificar eventos y servir de manera ordenada. Sin embargo, también reconocemos que, por muy bien organizados que estemos, estamos limitados a lo meramente humano. La verdadera transformación, la salvación, la bendición y la vida eterna, solo pueden venir de Aquel que tiene el poder para hacerlo.
Este versículo nos da una clave esencial para nuestras reuniones y para el trabajo en equipo: la unidad y la armonía. No se trata solo de tener un plan o una ejecución impecable, sino de cultivar relaciones auténticas que reflejen el amor y la gracia de Dios. Cuando nos reunimos con corazones en paz y en comunión, creamos un ambiente donde la presencia de Dios se hace palpable, y donde su bendición fluye de manera natural.
Es fundamental que, como equipos y como individuos, no lleguemos al altar con corazones enojados, amargados o competitivos. Esa actitud, por muy talentosos que seamos en lo técnico, nos aleja del verdadero propósito de nuestro ministerio. Jesús nos enseñó que antes de presentar nuestra ofrenda, debemos limpiar nuestro corazón. No podemos esperar que Dios reciba nuestro servicio si venimos cargados de resentimiento o de orgullo.
Por eso, al prepararnos para nuestras reuniones, servicios y cada encuentro, recordemos:
• Que la organización y la técnica son solo herramientas humanas.
• Que nuestra verdadera fortaleza radica en la unidad y en el amor que compartimos.
• Que el Señor es quien transforma lo ordinario en extraordinario, trayendo salvación, vida eterna y bendición.
Al cultivar relaciones genuinas, donde cada uno se preocupa por el otro, y al esforzarnos por mantener un espíritu de humildad y compasión, creamos un ambiente en el que la presencia de Dios se manifiesta de manera poderosa. No se trata de lograr un performance perfecto, sino de acercar corazones, de ser una comunidad donde cada encuentro es una oportunidad para experimentar la bendición de Dios.
Que cada reunión, cada servicio y cada momento compartido sean un reflejo de ese mandamiento divino: habitar juntos en armonía, para que en ese lugar, Dios envíe bendición y vida eterna. ¡Amemos, sirvamos y vivamos en unidad, sabiendo que en ese ambiente es donde Él obra maravillas!