¿Por qué seguir… aunque no veo nada?

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¿Por qué seguir… aunque no veo nada?


¿Por qué seguir… aunque no veo nada?

La verdad es que todos queremos ver algo.
Una señal. Un fruto. Una confirmación.
Queremos sentir que lo que estamos haciendo está funcionando.
Que el esfuerzo vale la pena. Que no estamos perdiendo el tiempo.

Porque vivimos en una cultura que se mueve por resultados.
Por “likes”, estadísticas, métricas y pantallas que nos dicen si vamos bien o no.
Y si no vemos algo… entonces sentimos que algo anda mal.

Pero la vida con Dios no siempre se mide así.
Porque el lenguaje del cielo no es el del microondas… es el de la agricultura.

Mientras nosotros buscamos lo inmediato, Dios siembra semillas.
Mientras anhelamos el resultado rápido, Él está cultivando raíces.
Mientras esperamos un fruto hoy, Él trabaja en procesos que transforman a largo plazo.

“El reino de Dios es como un hombre que esparce semilla en la tierra; duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece, sin que él sepa cómo.”
(Marcos 4:26-27)

No todo lo que Dios está haciendo se ve.
No todo se siente.
Y definitivamente, no todo se puede medir.

Pero eso no significa que no esté sucediendo.

Muchos de los momentos más significativos del crecimiento espiritual ocurren bajo tierra.
En el silencio.
En la espera.
En lo invisible.

Ahí, cuando sirves con fidelidad y nadie lo nota.
Cuando oras por algo y aún no hay respuesta.
Cuando predicas, lideras o amas… y parece que nadie responde.
Cuando das lo mejor… y no ves nada a cambio.

Ahí es donde más sentido cobra esta pregunta:
¿Por qué seguir… aunque no vea nada?

Y la respuesta no está en lo que se ve.
Está en quién te llamó.

Porque no seguimos por lo que vemos, seguimos por quién habló.
No avanzamos por lo que sentimos, avanzamos por lo que creemos.
No sembramos para recibir algo mañana. Sembramos porque sabemos que, en Dios, nada está perdido.

“No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos.”
(Gálatas 6:9)

No te detengas porque el terreno aún no florece.
Dios no te pidió resultados.
Te pidió fidelidad.

Y créeme… Él nunca deja una semilla sin recompensa.

Así que si hoy no ves nada…
Sigue.
Si parece estéril… sigue.
Si no hay emoción, ni aplausos, ni fruto aparente… sigue.

Porque lo que haces por Dios no se mide con métricas humanas.
Se mide con la eternidad.