La disciplina también es una forma de adoración

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La disciplina también es una forma de adoración

 

La disciplina también es una forma de adoración

Cuando pensamos en adoración, casi siempre la imaginamos con música de fondo, ojos cerrados y manos levantadas.
Pensamos en momentos donde el corazón se conmueve, donde hay emoción, donde sentimos la presencia de Dios de manera tangible.
Y claro, todo eso es parte de la adoración.
Pero hay otra expresión de adoración que no siempre se ve tan espectacular… y sin embargo, es igual de valiosa ante los ojos de Dios: la disciplina.

La disciplina no suele emocionar a nadie.
No es romántica, ni viral, ni fácil de mantener.
Pero es ahí, en esos actos pequeños, constantes y silenciosos, donde se demuestra si nuestra adoración es solo emoción o verdadera devoción.
Porque la adoración no se mide por cuán alto cantamos, sino por cuán constante permanecemos.

Ser disciplinado también es una forma de decirle a Dios:

“No solo te busco cuando siento algo, te busco porque sé quién eres.”
“No solo sirvo cuando tengo energía, sirvo porque Tú lo mereces.”

Y ese tipo de fidelidad —la que no depende del ánimo, sino del amor— es la que más refleja el corazón del Padre.

 

La disciplina revela el tipo de adorador que somos

La disciplina prueba algo que las emociones no pueden sostener: el compromiso.
Cualquiera puede adorar en un domingo lleno de inspiración.
Pero pocos adoran cuando están cansados, cuando hay rutina o cuando las cosas no salen como esperaban.
Ahí es donde la disciplina se convierte en una ofrenda.

Jesús mismo nos dio el ejemplo.
Una y otra vez, el Evangelio menciona cómo Él “se apartaba a orar”, “iba al monte”, “se levantaba temprano”.
No lo hacía porque tuviera que cumplir una agenda, sino porque entendía que la comunión constante con el Padre era el centro de su vida.
Su disciplina era su adoración.

 

Tres formas en las que la disciplina adora
        1.        La constancia honra más que la intensidad.
Dios no está buscando momentos intensos de adoración, sino corazones que se mantengan fieles todos los días.
A veces pensamos que necesitamos sentir mucho para adorar, pero la verdad es que solo necesitamos mantenernos.
Cada día que oras aunque no sientas nada, cada vez que sirves aunque estés cansado, estás adorando.


        2.        La excelencia nace de la repetición.
Ser excelente no es ser perfecto, es ser constante.
Cada ensayo, cada práctica, cada ajuste, cada decisión de hacerlo bien… son actos de adoración.
Porque en la disciplina decimos: “Señor, Tú mereces lo mejor, y lo mejor se prepara.”


        3.        La obediencia es adoración sostenida.
La verdadera adoración no termina cuando la canción acaba.
Comienza cuando elijo obedecer lo que acabo de cantar.
Y obedecer requiere disciplina, porque es elegir una y otra vez lo que agrada a Dios por encima de lo que deseo en el momento.

 

“Porque Dios no es injusto para olvidar vuestro trabajo y el amor que habéis mostrado hacia su nombre.”
—Hebreos 6:10

 

Así que la próxima vez que sientas que estás solo “haciendo lo mismo de siempre”, recuerda: no estás repitiendo, estás perseverando.
Y eso también le da gloria a Dios.

Quizá nadie más lo vea.
Quizá no haya luces, ni aplausos, ni emoción.
Pero el cielo sí lo ve.
Y para Dios, cada acto de disciplina, cada paso fiel, cada decisión de permanecer… sigue siendo adoración.